lunes, 14 de julio de 2014

Cuento de verano.

   Nació con tanta luz en su interior que el mismo Sol decidió odiarla…

   Dedicó cada año que pasaba a quemar un poco más su fina piel translúcida, obligándola a ocultarse en las sombras toda su vida.

   Salir durante el día la hacía el blanco de todas las miradas pues el odio del Sol se extendía allá donde llegaban sus rallos y su luz deformaba su imagen, quemaba su piel y la gente solo podía mirarla con desdén y alejarse de ella.

   Así que ella creció y se hizo adulta mientras también crecía en su interior un profundo odio hacia el Sol y hacia la gente. Cada año era peor, cada año su piel era más sensible, sus esperanzas más pequeñas… Nada podía curar los efectos del odio del Sol…

   Ella le suplicó, le gritó, le exigió, pero nada servía, el Sol era tan grande y tan lleno de odio que no atendía a nada más que a sí mismo.

   Y llegó así el día en el que el odio se hizo tan grande que terminó por acabar con el propio Sol, pues ella, cansada de esconderse, decidió teminar con él. Se fue al lugar más caluroso del planeta oculta como siempre, subió a lo alto de la más alta montaña que allí encontró, se deshizo de cualquier tipo de vestimenta que pudiera ocultar su piel y esperó al amanecer.

   Y el amanecer llegó…

   Pero para entonces el odio del Sol era tan sumamente grande que en vez de hacerle daño quemando su piel, ella comenzó a absorber su luz como si de un agujero negro se tratara. El Sol intentó dar marcha atrás pero ya era tarde. Las llamas la envolvieron sin llegar a tocarla pues ella era ahora la oscuridad. Antes del medio día había absorbido por completo al Sol, sin dejar rastro de él…


   Y se sintió libre.


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